Él estaba esperando en la playa. Aquel lugar le era familiar, ya que iba seguido con sus amigos, y había ido desde chico con su mamá y su hermana. Eran las dos, y ellos habían quedado en encontrarse una y media. En un caso así, él ya hubiese estado enojado, pero con ella no podía. No sabía porqué extraña razón/fuerza, pero no podía. Dos y diez. Dos y cuarto. Dos y veinte. Dos y media. Y no llegaba. ¿Le habrá pasado algo?- se preguntaba-O a lo mejor, simplemente, no quería salir conmigo, y no supo como decirlo en el momento...- En eso vió como llegaba corriendo una chica de pelo marrón, tez blanca y sonrisa de lado a lado. Era ella. Sin dudas, era ella. "Lamento la demora"-dijo-"me pasó de todo en el camino: me encontré con mi mejor amiga, me pidió que la acompañara hasta la esquina, donde pasó un coche y me embarró. Luego me topé con un embotellamiento, y cuando estaba llegando, ví una familia de pajaritos a los que se le había roto el nido. Sé que suena poco creible, pero es cierto". De parte de él, recibió solamente una sonrisa. Ella no sabía si esa sonrisa era algo bueno o malo, pero de todas formas la tranquilizó. Él no dudó un segundo y la abrazó con todas sus fuerzas. La sentía suya. Suya y de nadie más. El amor crecía poco a poco, dentro de cada uno de ellos.
Caminaron debajo del sol, durante dos horas, como dos enamorados a los que no les importaba el mundo. Decidieron sentarse en unas rocas, y descansar sus pies. Él dijo: "¿No te parece un poco extraña esta situación? Quiero decir; hace apenas un día que nos conocemos, y ya nos sabemos toda la vida del otro, y, por lo menos de mi parte debo admitir que no deseo separarme de vos ni un segundo". Ella pensaba lo mismo, y tampoco sentía deseos de separarse de el ni un segundo, pero su timidez le impedía confesarlo. Le respondió con una sonrisa, que el entendió perfectamente. Disfrutaron del hermoso paisaje hasta que se hicieron las seis, y decidieron volver, porque el frío volvía a invadir la preciosa Londres, y además no querían que sus padres se enojaran. Antes de partir de la playa, Dougie la miró firmemente a sus ojos, procurando ver si en ellos descansaban los mismo sentimientos que en sus propios ojos. Y sí, definitivamente, allí estaban. Ese amor que poco a poco nacía era correspondido. Con el mar de fondo, el sol en pleno ocaso y la suave y blanca arena, sus labios se juntaron para conformar el beso más lindo y cálido de sus vidas. Luego de ese suceso, sus vidas no iban a ser igual.
Llegaron a la puerta de la casa de Aldana, donde se despidieron con otro cálido beso, y prometieron hablarse otra vez. Dougie volvió todo el camino hacia su casa, pensando en el espléndido día que había pasado caminando bajo el sol, y el hermoso broche de oro que había sido ese beso.
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